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La verdadera Iglesia de Dios...

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domingo, 29 de diciembre de 2013

Culto al Niño Jesús


 


El culto a Jesús Niño, no siempre convenientemente comprendido, plantea un cuestionamiento que es necesario desarrollar a los efectos de evitar interpretaciones que se desvíen de la fe católica.

No es la intención de esta entrada realizar una exposición apologética de los orígenes, las razones y las implicancias del tema; por el contrario, pretendo explicar de modo sencillo el porqué de la licitud del culto al Señor en los misterios de su Infancia.

Una vez, un católico practicante y bien formado me dijo: "El Niño Jesús no existe". Al principio, me pareció una simple "fórmula de ateísmo". ¡Pero venía de él! Un fiel hijo de la Iglesia, siempre respetuoso de lo que ella dice.
Por supuesto, luego de comprobar que lo decía, no a tono de broma, sino con toda convicción, y que él mismo celebraba la Navidad como lo manda la Iglesia, le pregunté la razón de su afirmación. Me dijo sencillamente que Jesús, concebido por el Espíritu y nacido en Belén, fue creciendo, como dice el Evangelio, pero que en la plenitud de su edad, en la Hora suprema de la Pasión redentora, y tras su Muerte, Resurrección y glorificación junto al Padre, ya no vuelve jamás a ser el dulce y tierno Niño que adoraron los pastores y los Magos en Belén. 

Planteado así el problema, no es carente de sentido. Jesús, una vez resucitado no vuelve a llorar ni a sufrir, a tener frío o calor, hambre o sed.

¿Cómo se explica entonces el culto inmemorial que los Sumos Pontífices, y los fieles de todos los tiempos, tributan al Niño Jesús en los misterios de su santa Infancia? Más aun, ¿cómo explicar las oraciones que la liturgia y la piedad popular dirigen explícitamente al Niño de Belén, la veneración de sus imágenes y los cánticos orantes y laudatorios?

Partiendo de premisas semejantes a la esgrimida por el católico al que aludí, algunos objetan, como de hecho, lo hacen nuestros hermanos protestantes, que tampoco deberíamos venerar la imagen del Crucificado, ni rezar ante ella, pues Él ha resucitado de una vez y para siempre.
La fe católica puede refutar más fácilmente esta última objeción afirmando que en el Sacrificio del Altar se "actualiza" el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. No es que Él muera o resucite de nuevo en el sentido histórico de los términos. Tal Sacrificio hace presente entre nosotros lo que ocurrió una sola vez; nos hace "contemporáneos" de nuestra propia redención, por decirlo de alguna manera.

Pero, ¿puede afirmarse esto mismo de la Natividad del Señor y de los misterios de su Infancia? ¿Los actualiza el Sacrificio de la Misa? ¿Los hace presentes? Hay distintos modos de responder a esto, sin apartarse de la fe de la Iglesia. 
Si bien es cierto que la Santa Misa actualiza la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, también es verdad que no se trata de la actualización de los misterios de algún hombre distinto de Aquel que fue concebido por el Espíritu en María, nació y vivió entre nosotros. En este sentido, ese Santo Sacrificio del Altar hace presentes ante nosotros todos los misterios de Jesús en tanto Dios y en tanto Hombre. No es que Jesús vuelva a ser Niño o Adolescente, sino que aún hoy podemos "beneficiarnos" de las gracias que nos obtuvo en su Infancia. No hay que olvidar que cada instante de la vida terrena del Salvador es "don de salvación" para nosotros. Esto es así por su existencia desde la eternidad como Hijo y Verbo de Dios.

A la luz de lo dicho, podemos afirmar que cada vez que dirigimos nuestra oración a Jesús Niño, independientemente de la plenitud de la gloria en la que reina y de la que es fuente, estamos pidiéndole que, por los misterios salvíficos de su Santa Infancia, escuche nuestros ruegos. Le estamos suplicando que se digne tener misericordia, perdonar nuestros pecados, y concedernos las gracias que brotan para nosotros de esa etapa de su existencia terrena. Esto vale, en realidad, para cada misterio de la Vida de Jesús, de la Santísima Virgen y de los Santos. Es, por otra parte, la razón de ser del Año litúrgico.

Ésa es la "clave de lectura", por decirlo así, de las numerosas apariciones o manifestaciones del Divino Niño aprobadas por la Iglesia. También las de la Virgen María o de algún santo, con el Pequeño Niño en brazos (pienso, por ejemplo en Antonio o en Cayetano, entre otros). No se trata de una "ilusión óptica". Ésta sería una interpretación grosera de algo sublime. 
Es más bien una de las tantas manifestaciones de la omnipotencia de nuestro Dios, que al estar más allá del tiempo y del espacio, como Creador de ellos, puede "introducirse" en sus coordenadas, y hacer presente para nosotros el acontecimiento que desee, sin que esto signifique necesariamente "repetirlo". El Sacrificio de la Cruz, actualizado en el Altar (según lo dicho más arriba), es la prueba más patente de que Dios tiene el poder, y hasta la Voluntad de obrar así, siempre en orden a la salvación de las almas.

A la luz de lo dicho se entiende la legitimidad de afirmaciones metafóricas acuñadas en la piedad popular, que se refieren al "nuevo Nacimiento de Jesús en nuestras almas por la gracia", o en "el pesebre de nuestro corazón". En sentido metafórico, Jesús "nace de nuevo" en cada uno de nosotros cuando recuperamos la gracia perdida o cuando practicamos la caridad como Él nos ha mandado.

Para concluir debo decir que, según el sentir de la Madre Iglesia, es absolutamente lícito y hasta laudable el culto de la liturgia y el de la piedad dirigidos al Niño de Belén, como lo es el que tributamos al Señor en cualquier etapa de su Vida. Todo Él y todo lo de Él es para nosotros Gracia, Bendición y Redención.


Infraoctava de Navidad.



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