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La verdadera Iglesia de Dios...

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domingo, 18 de mayo de 2014

Crónica: Canonización de Juan Pablo II y Juan XXIII






Relato de un testigo presencial

Al comenzar a redactar esta singular entrada, debo pedir perdón a quienes vayan a leerla. Perdón por la falta de formalidad del texto. Perdón por lo desestructurado de sus partes. Perdón por el lenguaje coloquial, no muy común en  este blog. Ocurre que más que una exposición o explicación de algún tema, sólo quiero compartir fraternalmente con los lectores los sentimientos que ha suscitado en mí la participación como peregrino en la canonización de dos gigantes de la fe: Juan XXIII y Juan Pablo II. Decidí hacerlo hoy, en el día natalicio de San Juan Pablo II, como un humilde homenaje a él.

(Todas las fotos de las que no aclaro lo contrario, fueron tomadas por mí. Sepan disculpar mi inexperiencia).

En otra entrada de este blog, realicé una crónica personal de mi experiencia como peregrino en Roma, con motivo de la beatificación de Juan Pablo II. Cuando tuve la gracia de participar de ese gran acontecimiento de la Iglesia universal, el 1° de mayo de 2011, ni me imaginaba que, poco menos de tres años después, se me concedería una gracia aun mayor: Volver a Roma para participar de la canonización del mismo Juan Pablo II y de uno de sus más ilustres predecesores, el "Papa Bueno" Juan XXIII. Y no me lo imaginaba no solamente porque mi situación económica no es de las mejores, sino también porque jamás pensé que la canonización se fuera a celebrar tan poco tiempo después. Tampoco me imaginé que la presidiría un Papa de mi país, en presencia de su inmediato predecesor, aún vivo, que había beatificado al Papa polaco. La "Misa de los cuatro Pontífices", era, en realidad, algo impensable para todos: Dos legítimos Sucesores de Pedro, Francisco y Benedicto XVI, presentes por primera vez en la historia, en una misma celebración eucarística en la que aquél, es decir, el Pontífice reinante, incluye oficialmente a dos de sus Predecesores en el catálogo de los santos.

Sin entrar en más detalles sobre el particular, debo decir que no me cabe duda de que fue la Providencia de Dios la que me concedió la gracia de viajar a la Ciudad del Vaticano para participar de este histórico acontecimiento.


Los siete encuentros:

Puedo hablar de SIETE ENCUENTROS que son como signos de las inapreciables gracias que he recibido en este viaje. "Siete", en el sentido bíblico del término.

En el Aeropuerto "Ministro Pistarini" de Ezeiza, en Buenos Aires, Argentina, el miércoles 23 de abril, día de mi partida, comencé a apreciar estos "signos" que enriquecieron la hermosa experiencia que empezaba a vivir:

El primer encuentro

Yo, que soy amante del fenómeno "Jornadas Mundiales de la Juventud", obra de San Juan Pablo II, siempre me he deleitado viendo por el canal católico EWTN la transmisión de este siempre incomparablemente multitudinario evento. (Esto es, cuando no puedo ir en persona, como ocurrió en 1997, 2000 y 2013). Me cautiva de modo especial la cobertura que de él se hace en el programa "Nuestra fe en vivo", conducido por Pepe Alonso. Éste, durante las Jornadas Mundiales de la Juventud, suele invitar a la cantante paraguaya Silvia Mariella Vera Díaz, la cual con su simpatía y frescura, siempre aporta un toque de gracia a la crónica de estos eventos. Muchas veces, debido al cambio horario, los televidentes (y el conductor con sus invitados), hemos tenido que madrugar para ver en directo las transmisiones de las ceremonias papales. Pepe Alonso "bautizó" a estos "madrugadores" con el ingenioso apelativo de "Club de los lechuzones", en obvia alusión a la "vela nocturna" de esta ave. El hecho es que en el vuelo desde el Aeropuerto, con destino a Roma, reconocí a la simpática cantante paraguaya y me acerqué a saludarla, sin saber por qué estaba en Argentina. Me presenté como un miembro del famoso "Club de los lechuzones", "fundado" por Pepe Alonso. Ella sonrió amablemente y me comentó que, al igual que yo, también viajaba a Roma para participar de la canonización de Juan Pablo II y de Juan XXIII. Era de suponerse. Los que hemos conocido al Papa Wojtila, lo amamos con todo el corazón, y siempre lo hemos seguido física o espiritualmente hasta cualquier punto del Planeta. ¡No podíamos faltar a esta gran Cita "con él", la más significativa de todas! Y tampoco podíamos dejar de reconocer el don del luminoso Pontificado de Juan XXIII a la humanidad.

Mucha gente viajaba en grupos. Yo viajé solo. Solo, aunque muy acompañado. Todos los peregrinos éramos un único multitudinario grupo, reunido en el amor y la gratitud al inolvidable y siempre amado Juan Pablo II, y en reconocimiento a Dios por el precioso legado de Juan XXIII.

Llegué a Roma pasadas las 17 del jueves 24 de abril y me trasladé al Hostal en que me hospedaría, a tres cuadras de la Plaza de San Pedro. En realidad, no pensé que quedara tan cerca. Desde la puerta de mi hospedaje podía ver muy cercana la cúpula de Miguel Ángel. Ya eran las 20 cuando me había instalado en el Hostal.  Fui directamente a la Plaza de San Pedro a dar gracias a Dios por volver por cuarta vez allí. Era un hermoso anochecer de la primavera romana.

 Las basílicas papales, una visita siempre impostergable

Al otro día, el viernes 25, por la mañana, me dirigí nuevamente a la Plaza de San Pedro, en donde, a las 10 am, había acordado encontrarme con una amiga que estaba desde hacía unos días en Roma y que había viajado allí por el mismo motivo que yo. Con ella visitamos las tres basílicas papales: San Pablo extra-muros, Santa María la Mayor y San Juan de Letrán. Por la tarde acudimos a la cuarta: San Pedro. Pienso que ningún creyente que vaya a Roma por primera vez o vuelva a ella, debe dejar de ir a esos cuatro Templos, los más santos de la cristiandad, los únicos que, entre sus invaluables tesoros, poseen las "Puertas santas" que se abren cada 25 años, en los jubileos:


San Pablo extra-muros

San Juan de Letrán

Santa María la Mayor


San Pedro

Esa camisa color tiza que tengo puesta en las fotos anteriores, es la misma que usé hace 14 años cuando en la JMJ de Roma, el 20 de agosto de 2000, recibí la Comunión de manos de San Juan Pablo II:




El segundo encuentro

En el Hostal compartía el cuarto con una coreana y con un joven de República Checa; éste, gracias a Dios, hablaba algo de español, y me contó que había dejado al papá muy enfermo en su país -en este momento elevo a Dios una oración por este señor, y les pido que hagan lo propio-, y que por eso solamente había llegado a Roma por tres días, pues no quería estar ausente en un acontecimiento eclesial sin precedentes como la mencionada canonización. En Roma tenía un amigo que le había informado que en la mañana del día siguiente, esto es, el sábado 26, habría una Misa en polaco sobre la misma tumba de Juan Pablo II. Pocos peregrinos estaban informados de esto. Sería a las 7 am. Me invitó a ir con él. Por supuesto que acepté la invitación, y a las 6 am estábamos de pie rumbo a la basílica de San Pedro. Llegamos hasta la Plaza, en la que ya había muchos polacos esperando poder ingresar a la basílica. Entramos con ellos y nos dirigimos frente a la tumba de Juan Pablo II; pudimos sentarnos en el segundo banco, y emocionados, participamos de la Misa en polaco, en honor del que al otro día sería canonizado. A diferencia del día anterior (en que yo mismo había leído Beatus Ioannes Paulus PP. II), la lápida frontal de la tumba ya mostraba la inscripción latina Sanctus Ioannes Paulus PP. II, como adelantándose a la declaración pública y oficial que, al leer la fórmula de canonización, realizaría el Papa Francisco al día siguiente. Comparto con ustedes la foto que tomé ese sábado 26:




Luego pudimos venerar también los restos mortales e incorruptos del aún entonces beato Juan XXIII, y descender hasta la Cripta Vaticana para visitar las tumbas de los muchos Pontífices allí sepultados. Una gran inscripción en el atrio de la basílica menciona sus nombres. He aquí las respectivas fotos:






Al salir a la Plaza, perdí de vista a mi compañero checo. Vi cómo los numerosos grupos de peregrinos estaban llegando desde todos los continentes, con banderas de sus respectivos países. Pude apreciar también los preparativos para la celebración del día siguiente. Vi al Maestro de Ceremonias Litúrgicas papales, monseñor Guido Marini, reunido con los ceremonieros pontificios y con los acólitos, ensayando cada tramo de la celebración. Le tomé una foto. Admiro la exquisita minuciosidad de la Iglesia en la preparación de los grandes acontecimientos. Y particularmente, admiro a Guido Marini, tanto como admiré al Maestro de Ceremonias Litúrgicas de San Juan Pablo II, Piero Marini. La igualdad de apellidos es solamente una curiosa coincidencia. Guido Marini protagonizaría dos días después otro de mis breves pero significativos encuentros. Comparto la foto que le tomé mientras preparaba la celebración, ese mismo sábado:




El tercer encuentro

Como el día anterior, a las 10 am había acordado reunirme de nuevo con mi amiga en la Plaza. Aprovechamos para comprar algunos recuerdos.
Allí nos encontramos con un joven polaco, que como muchos de sus compatriotas, había salido desde su país,  y en bicicleta, había llegado a Roma, como un homenaje a Juan Pablo II. Me tomé una foto con él, adhiriendo de buena gana al sincero homenaje a su esclarecido compatriota:




Como veíamos que a la Plaza acudían cada vez más peregrinos, dispuestos a ocupar lugares para la celebración del día siguiente, acordamos regresar adonde nos hospedábamos para descansar y, al atardecer, poder dirigirnos al extremo de la Vía de la Conciliación más cercano al castillo de Sant´ Angelo. Nos habían informado que al atardecer se cerrarían hasta el otro día los accesos a la Plaza y a la Vía de la Conciliación. Los polacos seguían sumándose en gran número.




Una larga e inolvidable vigilia

Apenas pasadas las 20 del sábado llegué al mentado extremo de la Vía de la Conciliación. Una multitud incalculable de peregrinos de toda la Tierra ya estaba aguardando en esa zona y en las aledañas. La Vía de la Conciliación, como se nos había dicho, estaba cerrada. Estaba anocheciendo. Los grupos seguían llegando. Entre cantos y oraciones se descubrían las más diversas culturas y procedencias. Solamente he visto algo así en las Jornadas Mundiales de la Juventud. Eran alrededor de las 2 am cuando se abrió un primer tramo de la mencionada Vía. Seguían sumándose los peregrinos. Ya no había lugar siquiera para sentarse, y esto, entiéndase literalmente. Pasadas las 4 am se abrió un segundo tramo, hasta la mitad de la Vía. El cansancio físico era patente, pero lo era más la cuenta regresiva y la vista de una cúpula de San Pedro cada vez más cercana:




El amanecer

Sólo a las 6.30 am se abrió el acceso a la Plaza desde el último tramo de la Vía de la Conciliación, y desde las calles adyacentes. El avance era muy lento y no siempre paciente. La parte central de la Plaza, en el obelisco, estaba reservada a los enfermos. Las zonas laterales, a los demás. Un simple (para mí "providencial") mareo debido al cansancio de la vigilia de toda una noche, hizo que uno de los organizadores me "invitara" a la parte central, junto con los enfermos, en el obelisco. Eran como las 7.30 am. Media hora después, los enfermos en sillas de ruedas de ese sector eran tantos, que ya no cabían allí, ni ellos ni quienes los cuidaban. Así que nos invitaron a pasar al corral de adelante. Allí pudimos gozar de una privilegiada participación de la Misa, sin necesidad de pantallas, las que, por cierto, estaban situadas dentro y fuera de la Plaza, además de en otros puntos estratégicos de la ciudad de Roma, todos públicos, religiosos y no religiosos.

Eran casi las 9 am cuando comenzó la "Preparación a la celebración", cuya estructura describí en una entrada anterior de este blog.

El cuarto encuentro

Yo estaba muy cerca del obelisco de la Plaza, junto a una mujer y un hombre que se habían conocido en el Campus universitario de Tor Vergata,  en la célebre JMJ del 2000. Se habían casado y tenían dos niños, allí presentes; el más pequeño tenía Síndrome de Down, y se llamaba Juan Pablo (no creo que haga falta que aclare por qué pusieron tal nombre a esa bella criatura, a la que pude besar con la veneración que se le debe a un precioso recuerdo): ¡Era fruto de aquella inolvidable JMJ del Año Santo 2000, la más emotiva de todas! He aquí la foto:



 "Generación JMJ", presente

¡A cuántas personas, jóvenes y ya no tan jóvenes, pude ver con mochilas, remeras y demás distintivos de las numerosas Jornadas Mundiales de la Juventud! Roma (2000); Colonia (2005); Sydney (2008); Madrid (2011); Río de Janeiro (2013). ¡Hasta los polacos ya estaban regalando tarjetas postales y mapas con invitaciones para la próxima JMJ de Cracovia en 2016! Con muchos hermanos pude conversar y me comentaron que habían estado en ésas o en otras Jornadas Mundiales de la Juventud. ¡Todos coincidíamos en lo mismo! ¡La "Generación JMJ" no tiene edad! ¡No podíamos fallarle a Juan Pablo II en ésta que no era una JMJ, sino como la suma de todas!

El ingreso ovacionado de un grande: El Papa Emérito Benedicto XVI

Pasadas las 9.30 am, los presentes nos asombramos al escuchar el repicar de la campana mayor de la basílica, y también de las más pequeñas. Pocos saben que aquella campana sólo repica en los grandes acontecimientos, como la elección o muerte de un Papa, o también durante el canto del Gloria en las Misas de Nochebuena y de la Vigilia Pascual, las dos Noches más santas del año. Gratísima sorpresa fue comprobar que esta vez dicha gran campana, junto con las más pequeñas, repicaba para recibir al Papa Emérito Benedicto XVI, que, ante el aplauso y la bien merecida aclamación de los presentes, se dirigía al lugar más digno entre los cardenales obispos. Eran las mismas campanas que lo habían despedido en esa Plaza, en su partida hacia Castelgandolfo, el día de la conclusión de su Pontificado, aquel inolvidable 28 de febrero de 2013, en que el Papa Ratzinger daba a la humanidad una de las máximas lecciones de grandeza y  humildad que alguna vez alguien hubiera impartido. La siguiente foto no la tomé yo:




El inicio del Rito de Canonización

Apenas pasadas las 10 am, y con el canto de las Letanías de los Santos, comenzó la larga procesión de entrada con muchísimos cardenales, tantos como los que deben asistir al Cónclave, lo que hizo que hubiera que repetir dos veces el canto litánico. Como lo establecen las normas litúrgicas, el Santo Padre Francisco cerraba la procesión. Este último, con la grandeza que lo caracteriza, lo primero que hizo al concluir la procesión y antes de dirigirse a su sede, fue acercarse al Papa Benedicto y saludarlo con un sincero y afectuoso abrazo fraterno. ¿Quién mejor que un Papa para reconocer la dignidad de otro? ¿Y quién mejor que dos Papas para atestiguar la santidad de otros dos? ¡Misterio grande el de ese inolvidable día de gracia!
Tampoco tomé la siguiente foto:



Luego de los ritos iniciales, el Papa Francisco pronunció la fórmula de canonización por medio de la cual declaró santos a los dos Papas: Juan XXIII y Juan Pablo II. La multitud no pudo contener la emoción y los aplausos, que parecían interminables. Se unieron al coro que alababa a Dios con amor y gratitud por el don de los dos nuevos santos, mediante la aclamación Iubilate Deo, laudate Domino. Muchísimas banderas flameaban en la Plaza, en la Vía de la Conciliación y en las calles cercanas, como así también en los otros puntos de la Urbe, en que se seguía el sagrado rito por pantallas. Dos hermosos tapices con los santos colgaban de la fachada de la basílica desde hacía dos días, pero ahora estaban adornados con flores y coníferas:

San Juan Pablo II:



San Juan XXIII:


Una vez pronunciada la Fórmula de canonización, se inició la procesión con las reliquias de los nuevos santos: Floribeth Mora, la costarricense a la que San Juan Pablo II había obtenido del Señor el milagro que posibilitó su canonización, junto con su familia, presentó la sagrada reliquia de la sangre del Papa polaco. Los cuatro sobrinos nietos de San Juan XXIII, el alcalde, y el presidente de la Fundación Juan XXIII, llevaron la reliquia del Papa Roncalli (un pedazo de su piel). Ambos relicarios fueron colocados junto al altar, entre cirios y flores.

El quinto encuentro

No puedo omitir lo que considero una gracia de Juan Pablo II. Me parece más significativo incluirlo aquí, aunque falte a la cronología del relato:

Dos días antes del de la canonización, el viernes 25 de abril, en la estación de Metro, entre miles de peregrinos que iban y venían, reconocí a la señora Floribeth Mora, que estaba con una religiosa. ¡Nadie la había reconocido! Me acerqué a ella, la miré a los ojos y le dije: "¡Floribeth! ¿No es usted aquella a la que Juan Pablo II le obtuvo el milagro de la curación de un aneurisma?". Me dijo: "Sí. Soy yo." Le respondí: "¡Bendita sea!" Le dije que era de Argentina. La abracé y la besé. Entre la prisa por subir al Metro, que justo llegaba, le pregunté si me podía tomar una foto con ella. Yo estaba acompañado de la amiga mía que mencioné más arriba. Accedió con delicada cortesía. Ambos nos tomamos la foto con ella. Era emocionante pensar que dos días después la vería portando en sus manos la sangre bendita de aquel que le había alcanzado de Dios el gran milagro de la curación de una enfermedad terminal. Comparto la foto que nos tomaron:




Pero vuelvo a mi relato del día de la canonización. Era una mañana nublada que sólo durante unos momentos nos regaló algunos rayos de sol que se colaron entre las nubes; concretamente, durante el Rito de Canonización.

Evocación del primer milagro de Juan Pablo

Para mí resultó muy significativo escuchar y ver que una de las preces de la Oración de los fieles fue leída por la religiosa católica francesa Marie Simon-Pierre, para la que San Juan Pablo II le había impetrado de Dios el milagro de la curación de Parkinson, que lo llevó a su beatificación, el 1° de mayo de 2011. Ese día había sido ella quien colocó la reliquia de la sangre del Papa Wojtila en el pedestal preparado para tal fin, cerca del altar en el que el Papa Ratzinger, que presidía aquella celebración, habría de ofrecer al Cordero de Dios. Hoy, en un gesto de infinita gratitud, la religiosa regresaba a esa histórica Plaza para participar de la canonización de su "celestial benefactor".

Entre el fervor y la profunda emoción de los presentes, que teníamos la certeza de estar viviendo una jornada única, la Misa siguió como de costumbre. Al final de ella, el Santo Padre Francisco agradeció la presencia de todos los peregrinos, en especial, de los de la diócesis italiana de Bérgamo, de donde es oriundo San Juan XXIII, y de los polacos, compatriotas de San Juan Pablo II; estos últimos eran los más numerosos.



Recuerdo que en el día de la beatificación de Juan Pablo II, los polacos nos habían sorprendido con un conjunto  de globos rojos con la inscripción JPII, y un banderín blanco que en letras rojas, tenía escrito en latín: Deo gratias ("Gracias a Dios"):

Banderín en la beatificación de Juan Pablo II



Banderín elevándose, el día de la beatificación


Esta vez quisieron "duplicar" la sorpresa, con una bandera mucho más grande y con la misma inscripción. También tenía globos pero con la novedad de que eran blancos y amarillos, y que los primeros tenían la inscrición JPII, y los segundos, JXXIII:






 La admirable delicadeza de Francisco

Concluida la celebración, y luego de saludar al gran número de autoridades civiles presentes, el Santo Padre  tuvo la delicadeza de desplazarse en Papamóvil entre los peregrinos que estaban en la Plaza y en la Vía de la Conciliación, para bendecirlos y agradecerles su presencia.

La desconcentración fue lenta. Todos parecíamos querer quedarnos allí para prolongar ese inolvidable momento. Es que no siempre puede palparse con tanta flagrancia la inefable universalidad de la Iglesia, siempre Una en las diferentes culturas.





El sexto encuentro

En la Vía de la Porta Angelica, tuve la gracia de encontrame con el mismísimo Guido Marini, el Maestro de Ceremonias Litúrgicas Pontificias, al que me referí más arriba. Pude tomarme una foto con él:







No puedo olvidar que en el Aeropuerto de Milán, último tramo de mi peregrinación a Italia en 2011, para la beatificación de Juan Pablo II, me había encontrado con el antecesor inmediato de Guido, monseñor Piero Marini, quien había sido Maestro de Ceremonias Litúrgicas de Juan Pablo II, y durante un tiempo, también  de Benedicto XVI:




Un breve descanso

Llegaba la hora del almuerzo, muy deseado para quienes apenas habíamos ingerido algo durante la larga espera de la noche. Después de almorzar, regresé al Hostal para descansar. Dormí casi dos horas y pude recuperar fuerzas. Me levanté y me dirigí a la cercana Plaza de San Pedro nuevamente. Estaba lloviendo. Una larga fila de peregrinos rodeaba la Plaza aguardando poder entrar a la basílica para venerar las tumbas y los altares de los nuevos santos. Hice la fila bajo la abundante lluvia, e ingresé, luego de poco más de una hora a la basílica. Pasé ante las tumbas de ambos santos, exquisitamente adornadas con manteles, rosas y candelabros con muchos cirios. Oré brevemente ante ellas. No se nos permitía permanecer ante dichas tumbas, ni acercarnos demasiado. Había que avanzar con rapidez, debido a la gran afluencia de peregrinos:


Tumba y Altar de San Juan Pablo II (27/04/14)


 La Misa vespertina en la basílica de San Pedro

Allí mismo participé de la Misa vespertina presidida por el cardenal Comastri, arcipreste de la basílica vaticana. Fue una liturgia admirable en cada uno de sus detalles. Tuvo lugar en el altar de la Cátedra de San Pedro, detrás del altar principal de la basílica:



La sacristía de la basílica

Concluida la Misa, permanecí por unos momentos recorriendo nuevamente la basílica, y se me concedió permiso para entrar en la gran sacristía. Allí me cautivó la presencia de obispos y sacerdotes de diferentes nacionalidades, que se revestían para presidir la Misa en su propia lengua en alguno de los varios altares de las naves de la iglesia. La variedad de ornamentos, vasos y demás objetos litúrgicos era admirable. No me extrañó que fuera la basílica de San Pedro la que diera el ejemplo de que lo mejor es para Dios, no tanto por el costo monetario cuanto por la sabia conjunción entre belleza y sobriedad, delicadeza y sencillez, arte y trascendencia.

Las últimas horas en la Ciudad Eterna

Después, fui a cenar y regresé al Hostal. Era mi última noche en Roma. La mañana del lunes 28 me levanté a eso de las 8 y me dirigí nuevamente a la Plaza de San Pedro, para participar de una Misa de acción de gracias por la canonización de Juan Pablo II, presidida por el cardenal Comastri, al que mencioné más arriba. Gran cantidad de polacos llenaban la Plaza y parte de la Vía de la Conciliación, junto con peregrinos de otras nacionalidades. Era un día radiante de sol:




Pude sentarme frente a la basílica, y participar de cerca de la Misa. Al comienzo, el cardenal Stanislaw Dziwisz, sucesor de monseñor Wojtila en la sede arzobispal de Cracovia, (y quien fuera su secretario personal durante cuarenta años como obispo, cardenal y Papa), dirigió unas sentidas palabras a los presentes.

La Misa se desarrolló como de costumbre. Digna de destacar es la homilía del cardenal Comastri, de la que se entregó una copia impresa a todos los que estábamos presentes. Una pieza teológica, bíblica, literaria, documental y testimonial de incalculable valor. Realmente grande en su sencillez. Aconsejo que la lean.

Era una despedida hasta que la Providencia quisiera volver a concederme la gracia de estar allí. Y recibí otro recuerdo:

El séptimo encuentro

Un hombre tenía como una decena de tulipanes de los que habían decorado el Altar en la Misa del día de la canonización. Y los estaba repartiendo. Me dio uno. Lo conservo en un pequeño libro (el de la homilía del cardenal Comastri), como recuerdo de aquel día inolvidable. Seguramente el tulipán se va a marchitar por completo. Pero me va a recordar que tengo una Madre, la Iglesia Católica, que permanece siempre joven, y que jamás se va a marchitar, porque, como decía San Juan Pablo II, vive de la Eucaristía, y acrecienta su belleza con la excelsa fragancia de cada uno de sus hijos fieles,  los que saben, como San Juan Pablo II y San Juan XXIII, que el modo más auténtico de decir "Sí, Papá" a Dios, es empezar diciendo "Sí, mamá", a la Iglesia, Esposa de Jesucristo.

Sólo a Él, junto con su Padre y con el Espíritu Santo, un solo Dios, Excelsa Trinidad, sea la gloria para siempre. Amén.




 18 de mayo, Domingo V de Pascua.
94° aniversario del natalicio de San Juan Pablo II. Homenaje a él.







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