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La verdadera Iglesia de Dios...

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viernes, 8 de mayo de 2015

Comentario al "Regina Caeli"




La célebre antífona mariana Regina Caeli, de autor desconocido, se remonta al siglo XII, y era cantada por los frailes franciscanos en la oración nocturna de Completas. Actualmente se conserva en esta Hora litúrgica. Solemne saludo a la Madre del Resucitado, se universalizó en 1742, a instancias del Papa Benedicto XIV, quien estableció que la antífona supliera al Ángelus durante todo el Tiempo pascual, y que fuera igualmente cantada o recitada tres veces al día (mañana, mediodía y tarde). En el presente, aparte de en las Completas que mencionamos, el Regina Caeli encuentra un lugar privilegiado al final de casi todas las celebraciones litúrgicas presididas por el Papa, dentro y fuera de la Ciudad Eterna, como así también en las de no pocos obispos y sacerdotes, pero siempre en el Tiempo de Pascua..

Estamos en presencia de una antífona breve, aunque de una profunda riqueza teológica. Es toda ella como una pequeña "profesión de fe", sobre la que quiero reflexionar a continuación mediante una sencilla glosa:


Regina Caeli, laetare. Alleluia. ("Alégrate, Reina del Cielo. Aleluya").

La invitación a la alegría, hecha por la misma Iglesia (es decir, por nosotros) a María, aparece como la santa osadía que, en un clima de confianza, nos autoriza "como hijos en el Hijo", a dirigirnos a nuestra Madre. En efecto, ella y nosotros debemos alegrarnos, pues todos hemos sido redimidos por el Señor. En ese sentido, ella es a la vez, por así decirlo, la que se alegra porque se lo pedimos, y la Causa nostrae laetitiae ("Causa de nuestra alegría"), como le llama la letanía lauretana, en el sentido de que con su "sí" hizo posible que el Verbo, eterna Felicidad de los que en Él creen, pusiera su morada entre nosotros.


Quia quem meruisti portare. Alleluia. ("Porque el que en tu seno mereciste llevar. Aleluya").

Gramaticalmente, esta es la primera parte (sujeto) de una subordinada adverbial causal. El porqué de la invitación que hacemos a María, comienza aquí a explicarse, evocando el misterio de la Encarnación y destacando la grandeza de la Madre. Ella "mereció" llevar en su seno al Hijo del Eterno Padre. Y no es poca cosa. Porque solamente Ella lo mereció. Este "merecer" no menoscaba en nada la realidad de que todo lo bueno que somos y tenemos nos viene de Dios. De hecho, fue Él mismo Quien tuvo en sus planes a María desde antes de la creación del mundo, la hizo "Llena de Gracia" desde el primer instante de su Inmaculada Concepción, y la adornó con cuantas virtudes se pueda imaginar (y más), haciéndola de esta manera "merecedora" de "hospedar" en su seno impecable al Verbo Creador.


Resurrexit sicut dixit. Alleluia. ("Resucitó como dijo. Aleluya").

He aquí el predicado de la mentada subordinada. El que moró nueve meses en el seno purísimo de María, y había muerto "por nuestra causa" (entiéndase, "por nuestra culpa" y "para favorecernos"), ha resucitado. La expresión sicut dixit ("como dijo", o "de acuerdo con lo que dijo") no debe pasar desapercibida en esta reflexión, pues da cuenta de que Dios es fiel a sus promesas: Él había dicho que iba a resucitar, y resucitó justamente porque lo dijo. La Verdad en Persona prometió que resucitaría al tercer día de su Muerte y lo cumplió. El Veraz no puede engañar. La Palabra Viva no puede mentir.


Ora pro nobis Deum. Alleluia. ("Ruega a Dios por nosotros. Aleluya").

Esta súplica, es como un eco de la del Avemaría. Es que la Iglesia, siempre necesitada de la Misericordia de Dios y convencida de la "omnipotencia suplicante" de María, no puede dejar de implorar la intercesión de esta dulce Madre. Y así, ambas Madres oran por sus hijos: la Madre Iglesia y la Madre María. En este sentido, la Santísima Virgen, precisamente por ser la más eminente de los miembros de la Iglesia, y por expresa voluntad del Señor Crucificado, es llamada con propiedad Mater Ecclesiae ("Madre de la Iglesia"). Invocar la intercesión de María en el misterio de la Pascua, es rogarle que nos "haga partícipes de los gozos de la Resurrección", como pide sabiamente la más conocida oración conclusiva del Regina Caeli, a la que nos referiremos más abajo.*


Gaude et laetare, Virgo Maria. Alleluia. ("Gózate y alégrate, Virgen María. Aleluya").

Nuestra invitación a la alegría de María con que comenzó la antífona, se intensifica hacia el final. Al verbo laetare usado al principio, se le añade otro: gaude. La liturgia de la Iglesia desde antiguo ha empleado estos verbos para expresar la alegría, fruto del Espíritu Santo. Los dos domingos del Año litúrgico que están impregnados de la temática de la alegría, han recibido su nombre de la primera palabra de la antífona de entrada, que es, justamente, cada uno de estos dos verbos, tomados, respectivamente de la Epístola a los Filipenses (4, 4. 5b) y del Libro de Isaías (66, 10-11). Me refiero al Domingo III de Adviento (Gaudete) y al Domingo IV de Cuaresma (Laetare), a cuyas particularidades litúrgicas remito, en este mismo blog.


Quia surrexit Dominus vere. Alleluia. ("Porque verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya").

En esta segunda subordinada adverbial causal, el adverbio vere ("verdaderamente") certifica la realidad de la Resurrección del Señor, e inmortaliza el tradicional saludo que los primeros cristianos se dirigían durante el santo Tiempo pascual: "-Cristo ha resucitado. Aleluya. -Verdaderamente ha resucitado. Aleluya". Es más que una mera repetición: es una reafirmación de la profesión de fe por la que somos salvos.


Oración conclusiva*

Deus, qui per Resurrectionem Filii tui, Domini nostri Iesu Christi, mundum laetificare dignatus es, presta quaesumus, ut per eius Genitricem, Virginem Mariam, perpetuae capiamus gaudia vitae. Per eundem Christum, Dominum nostrum. Amen.

Dios, que por la gloriosa Resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, te dignaste comunicar la alegría al mundo, te pedimos que por su Madre, la Virgen María, nos hagas partícipes de los gozos de la Vida eterna. Por el mismo Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

La oración conclusiva de la antífona Regina Caeli, es la principal Colecta (y la más conocida) de las Misas votivas de la Virgen para el Tiempo pascual. Retoma el tema de la alegría, pero esta vez por medio de una sugestiva antítesis, cuyos contrapuntos vuelven a referirnos a los verbos laetare y gaude mencionados más arriba. La oración, por un lado, se refiere a la "alegría" de la que el mundo es objeto gracias a la Resurrección del Señor, y por otro, a los gozos eternos de la Patria celestial. La primera "alegría" mencionada, es sincera, fundada en la certeza del triunfo del Señor, aunque requiere de nuestra adhesión constante, de nuestra "apertura de corazón" al misterio. Y se limita a esta vida, pero siendo un anticipo de la otra. Lo expresa el infinitivo laetificare ("alegrar"), con su acusativo mundum ("mundo"), que tiene como sujeto tácito a Deus ("Dios").
La otra alegría, expresada en el sustantivo neutro acusativo gaudia ("gozos") y en su determinativo perpetuae vitae ("de la vida perpetua"), se refiere a la suerte definitiva de los bienaventurados, en la gloria del Cielo. 
En la oración, la mención de la Virgen María, Madre de Dios, es el punto medio de los elementos de la antítesis: la alegría auténtica pero transitoria de los que hoy somos peregrinos, y la definitiva y eterna de los que, por la Misericordia de Dios y la intercesión de María, hemos de llegar a la Patria celestial. María, Causa nostrae laetitiae, juega un papel de suma importancia en ambos extremos: es la Madre peregrina que acompaña a sus hijos por los caminos de la vida terrena, la que intercede por ellos y los auxilia en sus necesidades; y también es la Madre gloriosa que, exaltada en cuerpo y alma en el Cielo, los aguarda con los brazos abiertos en el Paraíso celeste.


8 de mayo de 2015, (en Argentina), solemnidad de Nuestra Señora de Luján, patrona de la República. Entrada dedicada a ella.





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