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La verdadera Iglesia de Dios...

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sábado, 26 de marzo de 2016

El Evangeliario


San Juan Pablo II bendice con el Evangeliario*


Texto oficial: negro. 
Remarcado del blog: negrita.
Comentario del blog: azul.
*Imagen del sitiohttp://juanpablo2do.blogspot.com.ar/2013/07/el-evangelio-una-gran-promesa.html

En junio del año 2000, con motivo del Magno Jubileo de la Encarnación redentora del Hijo de Dios, la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos publicó en latín una edición especial del Evangeliario para los días festivos del año. Me complace presentar ahora los Praenotandos que dan cuenta de la razón de ser de este importante libro litúrgico, y especifica cómo ha de ser empleado en las celebraciones. 
Precede a los Praenotandos la siguiente especificación, que puntualiza el contenido de la obra:

"Para los domingos y las fiestas particulares según la segunda edición típica del Orden de la lecturas de la Misa".

Quizás hubiera correspondido añadir, después de "domingos", la siguiente aclaración: "solemnidades y fiestas universales y particulares", para describir más claramente las perícopas evangélicas de qué días se incluyen en esta obra. En efecto, incluye los evangelios correspondientes a todos los domingos de los tres ciclos, más los de todas las solemnidades y fiestas del Calendario universal. Cada Conferencia Episcopal debe incluir las fiestas y solemnidades particulares.


EL EVANGELIARIO, SIGNO DE LA PRESENCIA DE CRISTO

PRAENOTANDOS

Importancia del Evangelio en la vida de la Iglesia y en la sagrada liturgia

1. Por la abundancia de su amor, que supera completamente toda inteligencia humana, plugo a Dios revelarse a Sí mismo con gestos y palabras intrínsecamente entrelazados entre sí, para que los hombres alcanzaran, por la fe y la gracia, la salvación eterna en Cristo, plenitud de toda la revelación divina (1).

2. En efecto, las Escrituras, inspiradas por Dios y consignadas de una vez por todas por escrito, enseñan firmemente la Palabra de Dios mismo y la transmiten de modo inmutable, y en las palabras de los Profetas y los Apóstoles hacen resonar la voz del Espíritu Santo, que continuamente suscita y perfecciona con sus dones la fe en el corazón de los fieles (2).

3. Al llegar la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo, el Verbo hecho carne, ungido por el Espíritu Santo, para evangelizar a los pobres, para sanar los corazones arrepentidos, "médico del cuerpo y del espíritu"(3), Mediador entre Dios y los hombres (4). Este Evangelio, encomendado por el mismo Señor a los Apóstoles, fue redactado por los santos evangelistas para que fueran conocidas y creídas las cosas que se cumplieron en Cristo Jesús y así cada uno en todo tiempo por esta fe pudiera tener la vida en su nombre" (5).

4. Así la Iglesia acogió la predicación de los Apóstoles (6), que les comunicó el mismo Señor por las Sagradas Escrituras acerca del misterio de la salvación, y desde entonces nunca ha dejado de leer "en todas las Escrituras lo que de él hablan" (7), y celebrar el misterio pascual, en el que "se representan la victoria y el triunfo de su muerte (8).

5. Por la acción del Espíritu Santo, la Palabra de Dios proclamada se convierte en fundamento de la celebración litúrgica y en norma y ayuda de toda la vida cristiana. Cristo se hace presente en su Palabra, por la cooperación del Espíritu Santo, que habló por los profetas, consagró a Jesús de Nazaret, inspiró a los autores sagrados e instruye a los creyentes en la verdad y en Cristo revelador del Padre, ofreciendo la memoria de sus palabras. Esta operación del Espíritu Santo no solo antecede, acompaña y sigue a toda acción litúrgica, sino que sugiere al corazón de cada bautizado presente en la celebración litúrgica eclesial todo lo que se dice en la proclamación de la Palabra de Dios y, al consolidar la unidad de todos, fomenta también la diversidad de los carismas y su múltiple acción.

6. Desde los primeros tiempos apostólicos la Iglesia cuidó constantemente que se leyeran las sagradas
Escrituras y sobre todo los Evangelios, como partes estrechamente unidas a la celebración de la Misa, que preparan al pueblo cristiano a la liturgia eucarística (9). Aunque la Iglesia venera todo el cuerpo de las Escrituras como Palabra de Dios, sin embargo los Evangelios son proclamados siempre por ella como la verdadera voz de su Esposo.  

7. En la cumbre de las Escrituras, que abarcan los libros tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, está el Evangelio de Jesucristo Hijo de Dios, que fue crucificado, resucitó y subió al cielo, como Cordero inmolado y vencedor, Palabra de Dios, luz y fuente de vida, al cual se refieren la ley y los profetas, los hagiógrafos y sobre todo los Salmos, y a cuya luz pueden entenderse todas las Escrituras del Antiguo y del Nuevo Testamento, de tal modo que "ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo" (10).

Queda, pues clara, de entre la indiscutible sacralidad de las Escrituras, la supremacía de los santos Evangelios.

8. Sobre todo el día del domingo, que es "el día de la Resurrección, el día de los cristianos, nuestro día" (11), la Iglesia proclama las palabras evangélicas. Reunida en este día en que, el Señor Jesús, resucitando de entre los muertos, abrir el corazón de los discípulos a la inteligencia de las Escrituras, la Iglesia progresa por la Palabra de su Divino Maestro y es fortalecida por la efusión del Espíritu Santo en el corazón de cada fiel. Pues el Espíritu, con la fuerza del Evangelio, hace rejuvenecer a la Iglesia y la renueva siempre y la conduce a una consumada unión con su Esposo (12).

El Evangeliario

9. Movida por el Espíritu Santo, la Iglesia ha venerado siempre las Divinas Escrituras y el Cuerpo del Señor, de tal manera que, sobre todo en la sagrada liturgia, nunca deja de comer el Pan de vida, tanto de la Palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, y de ofrecerlo a los fieles (13).

10. La presencia del Cristo Resucitado en su Palabra, proclamada en la lectura de las Escrituras, de las que él mismo es a la vez significado e intérprete (14), se expresa también con gestos que se refieren al Libro que contiene las lecturas del Evangelio. (En efecto, en el Evangeliario solamente  hay textos de las Sagradas Escrituras correspondientes a los cuatro Evangelios).

11. Con particular reverencia venera la Iglesia el "cuádruple Evangelio" (15), que es el que ofrece el mayor testimonio de la vida y doctrina del Verbo encarnado, nuestro Salvador, Palabra eterna que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, enviado por el Padre para habitar entre los hombres y enseñarnos los misterios de Dios.

12. La primacía del Evangelio de Cristo, "el fin de la ley" (16) y cima de la Liturgia de la Palabra, hace que el Libro de los Evangelios o Evangeliario -(expresiones de denominación que hay que tomar como sinónimos)- alcance la dignidad de un peculiar símbolo del mismo Cristo, que en la celebración litúrgica interpela al pueblo con su Palabra (17), a la que el Espíritu Santo restituye la eficacia y la vida de que gozaba en la boca del Verbo encarnado.

13. El que haya libros litúrgicos que contengan las lecturas de las Sagradas Escrituras es costumbre de la Iglesia ya al menos desde los tiempos del Papa San Gregorio Magno (18). Conviene, pues, cuidar con todo esmero que las Escrituras se conserven en volúmenes aptos, adornados de la oportuna dignidad, decoro y hermosura.

14. Esto se aplica principalmente al Evangeliario, cuya veneración ha sido mayor que la de los demás leccionarios tanto en la Iglesia de Oriente corno de Occidente. (Es decir, el Evangeliario entre los libros litúrgicos, entra en la categoría de lo "leccionarios", constituyéndose en el más noble de ellos. Solo él se lleva en proceesión y no los demás leccionarios). En efecto, el Evangeliario se presenta en la liturgia como signo del mismo Cristo y es venerado con el beso como se hace con el altar (que es otro signo de Cristo). Por lo que se pide encarecidamente que en las iglesias catedrales y al menos en las parroquias mayores y más frecuentadas se tenga un Evangeliario bien adornado y distinto por su excelencia de los demás Leccionarios bíblicos. (19).


15. El especial honor que los Evangelios tienen en relación con las demás Escrituras, como signo de la presencia de Cristo en su Palabra, impulsó durante siglos a la Iglesia a que su proclamación, así corno el libro que contiene esos Evangelios, se dotara de varias expresiones de veneración.

16. La lectura del Evangelio constituye el culmen de la liturgia de la Palabra. La misma liturgia enseña que hay que tributarle la máxima veneración. Esta lectura goza de especial honor entre las demás: tanto por parte del ministro designado para su anuncio (ministro que, por cierto, ha de pertenecer al Orden sagrado -Cf. Infra, 20-: diácono -a quien, según la anigua tradición de la Iglesia, corresponde la proclamación del Evangelio-; de no haber diácono, puede el presbítero u obispo, y nadie más que ellos, pueden realizar la proclamación), por la bendición o la oración con que se prepara, como por parte de los fieles, que con sus aclamaciones reconocen y profesan la presencia de Cristo que les habla y escuchan esta lectura de pie, corno por los signos de veneración tributados al mismo Evangeliario (20).

17. La imposición y la entrega del Evangeliario al Obispo recién ordenado muestra que la fiel predicación de la Palabra de Dios va a estar entre sus tareas más importantes (21). La entrega del Evangeliario al diácono recién ordenado indica su ministerio de proclamar el evangelio en las celebraciones litúrgicas y de predicar la fe de la Iglesia con sus palabras y sus obras (22). La entronización del Evangeliario cada vez que se celebra un concilio o un sínodo eclesial, es signo de la presencia de Cristo como Maestro y Guía (23). (La entronización del Libro de los Evangelios fue uno de los principales actos de culto en el Ritual del inolvidable Jubileo del Año 2000, y aún se conserva en la liturggia papal de las festividades navideñas). Se exhorta, finalmente, que se coloque el Evangeliario sobre el féretro en el rito de las exequias, como signo expresivo de la fe de la Iglesia en la Palabra de vida eterna (24).

La proclamación del evangelio en la celebración de la Misa

18. En la celebración litúrgica las Escrituras no sólo se leen, sino que son proclamadas, de tal modo que, por la fuerza del Espíritu Santo, Dador de vida, hagan viva la Palabra escrita y se realice de nuevo el misterio de la salvación.

19. Cada vez que la Iglesia se une a Cristo en la celebración eucarística, participa en la doble mesa del Cuerpo del Señor y de la Palabra eterna de la divina verdad, en la participación de un único sacrificio de alabanza. Además, al abrir los tesoros de las sagradas Escrituras en la liturgia de la Palabra, la Iglesia, tributando a los Evangelios una importancia suma, realiza signos peculiares de veneración al proclamarlo (25). En efecto, los gestos y las palabras que acompañan a esta acción expresan la fe de la Iglesia en que en la proclamación del Evangelio entramos en contacto con la presencia de Cristo Maestro, esplendor de la gloria del Padre, Sabiduría de Dios y plenitud de todas las Escrituras.

20. La proclamación del Evangelio se reserva al diácono, si está presente, o al sacerdote (26). Le puede preceder una procesión (es decir, no es obligtorio aunque sí aconsejable), que significa la venida de Cristo para dirigir su Palabra a todos los que se congregan en la Iglesia en su nombre (Repárese en esta explicación del sentido y de la razón de ser de la procesión con el Evangeliario, y que se completa más abajo en el n. 23). Todos los presentes responden con fe y con signos de reverencia a la proclamación, acogiendo en sus corazones el anuncio del Evangelio, pidiendo que purifique y convierta sus vidas para la edificación del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia.

21. En la Misa celebrada con pueblo, las lecturas siempre se han de proclamar desde el ambón, lugar elevado, estable y hermoso, evocador de la dignidad de la Palabra que desde él se proclama, imagen del Santo Sepulcro y del desnudo túmulo desde donde se anuncia la Palabra de vida (27). (Elocuente explicación del simbolismo del ambón , que no ha de pasar desapercibida).

22. En la procesión de entrada, el diácono, revestido del vestido litúrgico propio de su ministerio (esto es, estola cruzada y dalmática), llevando un poco elevado el Evangeliario, precede al sacerdote que accede al altar; si no, camina a su lado (28). Cuando llega al presbiterio, si lleva el Evangeliario, omitida la reverencia, se acerca al altar (29) y coloca el Evangeliario sobre el altar, que besa juntamente con el sacerdote (30). En ausencia de diácono, un lector lleva el Evangeliario, con la debida reverencia, en la procesión de entrada (31). Adviértase que, de acuerdo con lo dicho, un lector (instituido o no) puede reemplazar al diácono en la portación del Evangeliario durante la procesión de entrada, pero no puede hacerlo en la del mismo Libro en la Liturgia de la Palabra, ni mucho menos en la proclamación del Evangelio. Este sigue en la procesión a los acólitos y a los otros ministros y coloca el Evangeliario sobre el altar, que sin embargo no besa.

23. A la proclamación del Evangelio le preceden especiales signos de reverencia y una solemne procesión del Evangeliario con cirios (excepto en la Vigilia de Pascua, en que se omiten los cirios, para realzar el gran Cirio pascual, signo por excelencia de esa santísima Noche) incienso y aclamaciones, que tanto en el Occidente como en el Oriente recuerdan la entrada de Cristo en el mundo (32).


24. Hecho un breve silencio después de la última lectura, o del salmo responsorial (si se proclama una sola lectura antes de la del Evangelio), según el caso, el lector retira del ambón el Leccionario. Si parece conveniente, unos ministros se dirigen con sus cirios al altar mayor donde está el Evangeliario.

25. Los fieles se levantan para acoger y aclamar la Palabra de Dios, que es Cristo, y para venerar el Evangeliario. Todos aclaman al Evangelio (con el canto del Aleluya con su respectivo versículo aleluyático, o de solamente el versículo u otra aclamación, en Tiempo de Cuaresma) mientras el diácono accede al ambón (33).

26. Esta aclamación al Evangelio, por su naturaleza, evoca el canto de júbilo de la Iglesia redimida y la "exultación sin palabras" (34) con la que se goza el corazón en la presencia del Señor.

27. Acompañado por el turiferario, se acerca el diácono al presidente y ayuda al sacerdote a poner el
incienso en el turíbulo, mientras el pueblo empieza a cantar la aclamación al Evangelio (35).

28. La santidad del Evangelio pide una preparación del que va a proclamarlo y de los que van a escucharlo (Es esta la razón de ser de la bendición que sigue). Impuesto el incienso, el diácono, inclinado ante el sacerdote, pide la bendición diciendo: "Padre, dame la bendición". El sacerdote le bendice diciendo: "El Señor esté en tu corazón ", a lo que el diácono responde: "Amén".


29. En ausencia de diácono, (es decir, si está el diácono, a él corresponde, y no a otro ministro sagrado de mayor orden, la proclamación del santo Evangelio) puede proclamar el Evangelio un presbítero concelebrante. En ausencia también de este, es el mismo sacerdote celebrante quien asume este ministerio (36). Excepto cuando preside el obispo, el concelebrante accede al altar y con voz baja ora diciendo: "Purifica mi corazón ".

30. Si el celebrante es obispo, el presbítero concelebrante que va a proclamar el Evangelio le pide la bendición y hace lo demás del mismo modo que el diácono, quien, a su vez, cuando preside un presbítero, pide a este la bendición (37).

31. Recibida la bendición, el diácono coge el Evangeliario, si está sobre el altar, y llevándolo un poco elevado, precedido por el turiferario y los ministros laicos que pueden llevar el turíbulo y los cirios, sube al ambón, hacia el que los presentes se vuelven, manifestando una singular reverencia hacia el Evangelio de Cristo (38).

32. En el ambón el diácono abre el libro y, con las manos juntas, dice: "El Señor esté con vosotros", a lo que el pueblo responde: "Y con tu espíritu", y sigue: "Lectura del santo Evangelio ", al mismo tiempo que traza la señal de la cruz con el pulgar primero sobre la página del Evangelio que va a leer y después sobre sí mismo en la frente, boca y pecho, lo que hacen también todos los demás, para que la Palabra de Dios ilumine sus mentes, purifique sus corazones y abra sus labios a la alabanza de Dios (39). El pueblo aclama diciendo: "Gloria a ti, Señor". Entonces el diácono inciensa el libro, cuando se utiliza el incienso. Y a continuación proclama con voz clara el Evangelio (40).

33. Mientras el diácono está en el ambón, los ministros con los cirios pueden situarse a ambos lados del que proclama el Evangelio (41).

34. Para atraer los corazones de los fieles, para expresar el gozo y para comunicar más eficazmente la
importancia del Evangelio, se pueden cantar el anuncio de la lectura, la aclamación final y todo el Evangelio. (Estos tres circunstanciales gramaticales de fin expresan el objetivo de la posibilidad del canto; si una sola de esas finalidades se viera amenazada, hay que evitar el canto. De hecho, el canto por el canto mismo no tiene sentido dentro de una celebración sagrada).  La adaptación de la música debe ser tal que resalte más la comprensión del texto sagrado, y no que lo oscurezca.

35. Proclamado el Evangelio, el diácono al final entona la aclamación: "Palabra del Señor", a lo que todos responden: "Gloria a ti, Señor Jesús" (42).

36. El diácono besa entonces el libro, diciendo en secreto: "Las palabras del Evangelio borren nuestros pecados" (43).

37. Cuando el diácono sirve al Obispo, entonces le lleva el libro para que lo bese o lo besa él mismo, (dos opciones, cada una de las cuales, como puede verse, es litúrgicamente correcta) diciendo en secreto: "Las palabras del Evangelio borren nuestros pecados". En las celebraciones más solemnes el Obispo, si parece conveniente, imparte al pueblo la bendición con el Evangeliario (44). El Evangeliario entonces se deposita en la credencia o en otro lugar apto y digno. (Ya no en el ambón; si está el Evangeliario entronizado, según lo dicho más arriba, vuelve a colocarse en su trono, tal y como puede verse en la liturgia papal de las festividades natalicias).

38. En la procesión final de la Misa no se lleva al Evangeliario.


S. S. Benedicto XVI bendice con el Evangeliario

Notas

1. Cf. Concilio Vaticano II. Constitución Apostólica Dei Verbum, sobre la Divina revelación, nn. 2 y 4.
2.Cf. Ibíd, nn. 5 y 21.
3. San Ignacio de Antioquía, Ad Ephesios, 7, 2 (ed. Funk, 1, 218).
4. Cf. I Tim. 2, 5; Concilio Vaticano II. Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada Liturgia, n. 5.
5. Cf. Jn. 20, 31; Lc. 1, 1-4; Hech. 1, 1-2.
6. Cf. Hech. 8, 30-31; San Ireneo de Lion, Adversus haereses, III, 2, 1-2 (Sources Chrétiennes 211, 24-28).
7. Lc. 24, 27.
8. Cf. Concilio de Trento, Sesión XIII, 11 de octubre de 1551, Decretum de sanctissima Eucharistia, 5. Concilio Vaticano II. Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada Liturgia, n. 6.
9. Cf. San Justino, Apología, 1, 67, 3 (PG. 6, 430 B); Tertuliano, De praescriptione haereticorum, 36, 5 (Sources Chrétiennes 211, 138).
10. San Jerónimo, Commentariorum in Isaiam libri, prologus, 13 (CCSL 73, 1/2, 1).
11. Íd. In die Dominica Paschae, 52-53 (CCSL 78, 550). Cf. Juan Pablo II, Carta Apostólica Dies Domini, sobre la santificación del domingo, n. 2.
12. Cf. Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, n. 4.
13. Cf. Concilio Vaticano II. Constitución Apostólica Dei Verbum, sobre la divina revelación, n. 21, y cf. también n. 8 íd. Decreto Presbyterorum Ordines, sobre el ministerio y la vida de los presbíteros, n. 18. Íd. Perfectae Caritatis, sobre la adecuada formación de la vida religiosa, n. 6. Cf. Orígenes, In Exodum, Homilía XIII, 3 (Sources Chrétiennes 321, 380-388). San Cesáreo de Arlés, Sermón 8, 2 (CCLS 103, 323). San Ambrosio de Milán, Explanatio Psalmorum XII, PJ. I, 33 (CSEL 64, 28-30). San Agustín, Sermón LVII, 7 (PL 38, 389). San Hilario de Poitiers, Tractatus in Psalmos, 127, 10 (CSEL 22, 635).
14. Concilio Vaticano II. Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada Liturgia, n. 7.
15. San Ireneo de Lion, Adversus haereses, III. 1, 8 (Sources Chrétiennes 211, 168).
16. Rom. 10, 4.
17. San Gregorio Magno, Moralia in Job, XVI, 35, 43 (CCSL 143 A, 824). San Agustín, Sermón 85, I (PL 38, 520). Íd. In Johannis Evangelium, Tractatus 30, 1 (CCSL 36, 289). Amalario de Metz, Missae expositionis germinus codex, 7, 1, 261).
18. Cf. San Gregorio Magno, Homiliae in Evangelia, 14, 22 (CCSL 141).
19. Cf. Misal Romano, tercera edición típica, 2000: IGMR, n. 60. Cf. Ruperto Tuttien, Liber de divinis officiis, n. 23 (CCCM 7, 59-10, 14-1 o 18).
20. IGMR, 60.
21. Cf. Pontifical Romano, Ordenación del obispo, de los presbíteros y de los diáconos, n. 26. Concilio Vaticano II, Decreto Christus Dominus, sobre la función pastoral de los obispos, n. 12. Ceremonial de los Obispos, nn. 574, 583 y 587. Anónimo, Homilía de legislatore, 4 (PG 56, 404).
22. 21. Cf. Pontifical Romano, Ordenación del obispo, de los presbíteros y de los diáconos, n. 208. Ceremonial de los Obispos, 512).
23. Cf. Ceremonial de los Obispos, nn. 1172 y 1174. Concilio Vaticano II. Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada Liturgia, n. 7.
24. Cf. Ceremonial de los Obispos, n. 824. Ritual Romano, Ordo exsequiarum, n. 38).
25. IGMR, 60.
26. Constitutiones Apostolorum, n. 57, 7 (Sources Chrétiennes 320, 312, 313). San Jerónimo, Carta 147, 6 (CSEL 56, 322.
27. Cf. IGMR, 60.
28. Ibíd. n. 172.
29. Ibíd. n. 173.
30. Ibíd. 
31. Ibíd, n. 120.
32. Cf. San Jerónimo, Adversus Vigilantium, 7 (PL 23, 346 B).
33. Cf. IGMR, nn. 132 y 175. Ceremonial de los Obispos, 140.
34. San Agustín, Enarrationes in Psalmos, Salmo 99, 4. 6 (CCSL 10/2, 1394). Ibíd, Salmo 32, Sermón 1, 8, 31 (CCSL 10/1, 254).
35. Cf. IGMR, nn. 132. Ceremonial de los Obispos, 140.
36. Ibíd, n. 59.
37. Cf. Ceremonial de los Obispos, 74.
38. Cf. IGMR, nn. 117, 133, 172 y 175.  Ceremonial de los Obispos, 140.
39. Cf. Ceremonial de los Obispos, nn. 74 y 141. Cf. Amalario de Metz, Liber officialis, III, 18, 7 (ed. Hanssens, II, 309).
40. Cf. IGMR, nn. 134 y 175. Ceremonial de los Obispos, nn. 74 y 141. Inocencio III, De sacro altaris mysterio, II, 43 (PL 217, 824). 
41. CF. IGMR, nn. 59 y 134.
42. Ibíd.
43. Ibíd, nn. 134 y 175.
44. Ibíd, n. 175.


26 de marzo de 2016, Solemne Vigilia Pascual, Noche santísima de la Expectación de la Resurrección del Señor en el Año Santo del Jubileo de la Misericordia. Entrada dedicada a Jesús Resucitado, a Quien sean la gloria y el honor por toda la eternidad.



S. S. Francisco bendice con el Evangeliario del Año Jubilar

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