Este poema busca capturar el asombro de la Vigilia Pascual, donde el silencio de la tumba se quiebra por el estruendo de la Vida. Bebe de la mística de san Juan de la Cruz y la precisión de santo Tomás de Aquino.
El texto refleja lo que este Doctor Angelicus llama la "Eficiencia de la Resurrección": la noche no es el fin, sino el paso ("pascua"). El uso de la "culpa necesaria" proviene directamente del Pregón pascual (Exsultet), recordándonos que, incluso nuestras sombras, sirven para que la Luz de Cristo brille con más fuerza:
El Umbral de la Luz
(Poema a la Noche de la Resurrección)
¡Oh, Noche, más clara que el día,
que en tu seno de sombra el Sol escondes!
No es oscuridad lo que en ti se cría,
sino el Fuego sagrado con que respondes
al ansia de la Tierra en su agonía.
En ti, la piedra, muda y carcelera,
sintió el temblor de un Paso soberano;
no fue el viento, ni fue la primavera,
fue el pulso de un Dios hecho humano
que rasgó de la muerte la frontera.
¡Oh, Noche de la culpa necesaria!
Que al pecado de Adán hizo dichoso,
pues trajo a la tiniebla solitaria
un rescate de amor tan generoso,
una Luz en la escala visionaria.
El Cirio, cual columna de victoria,
derrama en ti su cera bendecida;
es la abeja el heraldo de tu gloria,
es el Fuego del Espíritu la marca de la Vida,
que escribe en el dintel nuestra memoria.
Ya no hay luto, ni vendas, ni sudario:
el Sepulcro es alcoba del Esposo;
se ha apagado el dolor del Calvario,
y en el huerto, de luz majestuoso,
Cristo emerge del reino funerario.
¡Quédate, Noche santa, entre nosotros!
Sé el faro que al viador guía el camino;
que al mirarnos de frente unos a otros,
veamos en tu brillo nuestro destino:
ser luz en Cristo, y nunca ya en nosotros.
Amén. ¡Aleluya!

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