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La verdadera Iglesia de Dios...

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domingo, 29 de enero de 2012

Liturgia de la Palabra: Abusos litúrgicos




(El link de los documentos aquí citados está enlazado en sendos nombres, mencionados en la entrada "Abusos litúrgicos: Introducción").
Llama demasiado la atención la violación de rúbricas y normas en la Liturgia de la Palabra, por ser ésta, junto con la Liturgia eucarística, una de las dos partes centrales de la Misa. Por lo mismo, urge que tal violación sea advertida y corregida.
Ante todo, es necesario aclarar que en la Misa, el ambón es el lugar propio para la proclamación de las lecturas "...semper ex ambone proferuntur" (IGMR, 58; Cf. OLM, 16). 

Las lecturas: (para profundizar, puede consultarse también la "Introducción al Leccionario de la Misa")

He sabido de sacerdotes que en los domingos, sin causa alguna omiten la primera o la segunda lectura, o bien las reducen, o las reemplazan por otras lecturas bíblicas. Hay pocos casos, perfectamente estipulados, en que esto se puede tolerar, como es el de las Misas con niños (Cf. Directorio para las Misas con niños, 42, 43, 44); o como ocurre en la Vigilia Pascual, en que pueden, no sin causa razonable, omitirse algunas de las nueve lecturas prescriptas. Fuera de estos casos, estamos en presencia de un serio abuso litúrgico (Cf. RS, 62).
La reducción de la extensión de las lecturas bíblicas, en los pocos casos en que se permite, siempre se especifica puntualmente en el Leccionario, ofreciendo la versión aprobada del texto breve a continuación de la forma larga. Cuando las rúbricas no lo aclaran textualmente, es un abuso realizar esa simplificación. En el citado caso de las Misas con niños puede optarse por perícopas más breves, siempre tomadas de las Sagradas Escrituras.
Asimismo, el reemplazo de las lecturas bíblicas por otras que no lo sean, constituye un abuso más grave aun, y no debe aceptarse jamás (Cf. OLM, 12).
Por otra parte, he escuchado a muchos lectores, instituidos o no, que, en la Misa, antes de leer las páginas bíblicas correspondientes, dicen: "Primera lectura", "Salmo responsorial" o "Segunda lectura". Aunque no constituya propiamente un abuso, no deja de ser una incorrección que se debe erradicar. Lo mismo hay que decir para la costumbre de anteponer el verbo "ser" conjugado, y peor aun, cualquier tipo de frases u oraciones, a la expresión litúrgica "Palabra de Dios" (que es lo único que deben decir los lectores), o a la que es exclusiva del diácono, o en su defecto, del sacerdote, cuando se concluye la proclamación del Evangelio: "Palabra del Señor". Así, se pronuncian oraciones tales como "Queridos hermanos, esto es Palabra de Dios". Es incorrecto. La Sagrada Escritura, leída en la Santa Misa y en otras celebraciones no necesita más presentaciones que las demasiado sobrias, breves y precisas que la misma liturgia bimilenaria de la Iglesia ha acuñado a lo largo del tiempo.
La disposición tipográfica de los libros litúrgicos vigentes contribuye a orientar a los fieles para que tengan en cuenta qué debe ser proclamado y qué no.
Debe evitarse también la elección al azar e improvisada de lectores, poco antes de comenzar la Misa.

El salmo:

La omisión del salmo o su reemplazo por otros cánticos no bíblicos, es otro abuso que sigue extendiéndose.
Hay casos concretos en los que se acepta, como la celebración de las Misas con niños, que permite excepcionalmente la ejecución de otro canto "a la manera del salmo" (Op. cit, 46). También está el caso de la Vigilia Pascual, en la cual puede reemplazarse el salmo de las lecturas del Antiguo Testamento, por un silencio meditativo. Nótese que no se fomenta la omisión sino el reemplazo por el silencio, el cual en estos casos es considerado verdaderamente litúrgico (Cf. IGMR, 45; OLM, 28).
Hay veces en que, cuando va a ser cantado, se permite el reemplazo del salmo del día por otro salmo. Esto ocurre en la celebración de Misas de las diversas categorías de santos, o de los diferentes tiempos litúrgicos  (Cf. OLM, 89). 
Pareciera ser que la única forma que se conoce para la proclamación del salmo es la responsorial, es aquella en la que el pueblo responde con una antífona luego de que el salmista canta o recita cada una de las estrofas del salmo. Hay otra forma que es la directa, en la que el salmista canta o recita todo el salmo, y el pueblo participa con su escucha atenta y en silencio meditativo (Cf. OLM, 20).

La secuencia:

A veces, aduciendo las más variadas pero siempre discutibles razones, se han obviado las secuencias de Pascua y Pentecostés, ambas obligatorias, la primera, para las Misas del día de Pascua, y la segunda, para las Misas de la Vigilia y del día de Pentecostés. Se trata de un abuso porque en estas dos grandes solemnidades ambos textos líricos forman parte de la estructura de la Liturgia de la Palabra.
La omisión solamente se permite en los dos casos en que las secuencias son facultativas: Corpus Christi y Nuestra Señora de los Dolores. 
Todos los miembros de la asamblea, contrariamente a como ocurría en el pasado, han de estar sentados mientras se canta o se recita cualquier secuencia.

El Aleluya:

Esta aclamación está prohibida solamente para el tiempo cuaresmal -sin excepciones- (Cf. IGMR, 62 a). Me he percatado de que hay quienes la omiten en Adviento. Es incorrecto, como lo es también la costumbre de cantar el Aleluya en las fiestas y solemnidades que suelen ocurrir en Cuaresma (Cátedra de San Pedro, San José, Anunciación del Señor). Si bien es cierto que en estos casos sí se prescriben el Gloria y el Credo, esto no vale para el Aleluya, por lo dicho más arriba. Lo mismo debe decirse de las "celebraciones más solemnes" de las que hablan los números 53 y 68 de la IGMR: Aun en tiempo cuaresmal, en ellas pueden cantarse o recitarse el Gloria y el Credo, pero el Aleluya no.
Hay veces en que el coro o un cantor entonan solos el Aleluya, sin que lo haga el pueblo. Es incorrecto. Todos, unánimemente deben cantar el Aleluya (Cf. OLM, 23).

La proclamación del Evangelio:

El Leccionario posee todas las lecturas bíblicas necesarias para la Misa, y el Evangeliario, como su nombre lo indica, solamente las lecturas del Evangelio, y es este último libro (y no aquél -ya lo dije en el artículo anterior-) el que el diácono, o en su defecto, un lector, lleva en procesión al comienzo de la Misa, y deposita sobre el altar (Cf. IGMR, 120, 172, 173, 194). El Leccionario debe estar en el ambón ya desde antes del comienzo de la Misa (Cf. IGMR, 128).
Solamente un ministro ordenado puede proclamar el Evangelio (Cf. RS, 63). Es una función ministerial, propia del diácono, o en su defecto, del sacerdote. El Evangeliario se toma del altar y se lleva solemnemente, precedido por incienso, y entre cirios -salvo en la Vigilia Pascual- hasta el ambón, desde donde se anuncia, se inciensa, se proclama, y se concluye. Luego el diácono lo lleva al sacerdote, y en ausencia de aquél, si está el obispo, el mismo sacerdote se lo acerca a éste para que realice la bendición (Véase a modo ilustrativo en el vídeo de arriba, la procesión y proclamación del Evangelio en una Misa de Pentecostés presidida por el Papa).

Bendición del pueblo con el Evangeliario:

Esta bendición, que se realiza en las celebraciones más solemnes, corresponde únicamente al obispo. (Véase en la foto de abajo a nuestro Santo Padre Benedicto XVI, Obispo de Roma, impartiendo la bendición con el Evangeliario).
He participado de Misas en las que los mismos sacerdotes realizan tal bendición, contrariamente a lo que establecen las normas (Cf. IGMR, 175).

Homilía:

La homilía no se puede omitir sin causa grave (Cf. IGMR, 66; OLM, 25), y la debe realizar un ministro ordenado; jamás un laico (Cf. RS, 64, 65, 66). He participado de Misas en las que el sacerdote, en el momento de la homilía, eximiéndose de su obligación de realizarla, invita a algún laico a "dar testimonio" sobre determinado tema. Esta "protestantización" de la homilía es inadmisible.
En otro orden de cosas, he escuchado homilías que nada tienen que ver con las lecturas proclamadas, sino que tratan sobre anécdotas personales, de carácter más o menos moralista. En el otro extremo, he escuchado también, más que homilías, "ponencias", complejas exposiciones teológicas que para nada tienen en cuenta ni la razón de ser de esta parte de la Misa, ni mucho menos a los destinatarios. Ambos extremos son incorrectos, y atentan contra el verdadero sentido de la homilía.
En la homilía puede haber un abuso litúrgico serio cuando el sacerdote hace suyas tales o cuales ideologías o temáticas profanas, pretendiendo sustentarlas en la Palabra de Dios, contra el Magisterio de la Iglesia, o cuando manifiesta implícita o explícitamente su adhesión o su rechazo personal por éste o por aquel posicionamiento político (Cf. RS, 67).
Lo que sí puede y debe hacer es aclarar, si es necesario, por qué y en qué sentido determinado proceder o cierta idea, impulsados por cualquier particular o por grupos sociales influyentes, se oponen al Evangelio de Cristo y a las enseñanzas de la Iglesia.
Otro abuso litúrgico es la forma "dialógica" que algunos sacerdotes adoptan para su homilía, con lo cual este importante momento de la Liturgia de la Palabra se convierte en un intercambio de pareceres, que en el peor de los casos, es rayano en la polémica, atentando contra el más sagrado Acto de culto, que es la Misa. No faltan quienes sostengan que esto no está literalmente prohibido. A ellos hay que responderles que nunca serían suficientes los libros para expresar lo que no debe hacerse en una celebración litúrgica; se necesitaría una cantidad innumerable de volúmenes. Creo que cuestionamientos de esta naturaleza se originan en una severa crisis de sentido común y en una negación a aceptar que lo sagrado nos es dado para custodiarlo, y no para manipularlo a nuestro arbitrio.
El 29 de junio de 2014, solemnidad de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, publicó un documento que ofrece importantes orientaciones a los ministros sagrados respecto de cómo preparar las homilías. Es el Directorio homilético, cuyo texto completo se puede descargar hacienddo clic aquí.

La Profesión de fe:

Hay Misas en las que se omite el rezo del Credo, aunque esté prescripto. Es el caso de los domingos y solemnidades. Esto constituye un abuso, a no ser que en la misma Misa, por prescripción o sugerencia de los libros litúrgicos, se realice el rito de la Renovación de las promesas bautismales, como ocurre en la Vigilia Pascual, por ejemplo.
En cualquiera de las dos fórmulas aprobadas (Credo de Nicea o Símbolo apostólico), aunque no llegue a ser un abuso litúrgico, la omisión de la inclinación profunda a las palabras referidas a la Encarnación y al Nacimiento del Señor, no deja de influir en la importancia de la Profesión de fe que llevamos a cabo en esta parte de la Misa (cf. IGMR, 275 b). Véase además en este blog el artículo "Liturgia e inclinaciones":


La Oración de los fieles:

Hay objetivos y un modelo típico de petición, que no siempre se respetan en la redacción de la Oración de los fieles (Cf. IGMR, 69, 70, 71; OLM, 30, 31).
La "sabia libertad" de la que hablan los documentos citados, debe tener en cuenta la brevedad y la claridad y respetar el sentido y la razón de ser de esta Oración en que el pueblo de Dios ejerce su sacerdocio común.
Sería bueno contemplar la posibilidad que ofrecen la IGMR y la OLM de alternar la invocación de los fieles luego de cada intención (que es lo que comúnmente se hace), con la otra opción de la súplica silenciosa de cada uno de ellos, luego de la formulación de la intención (Cf. nn. 71; 31, respectivamente).

He dedicado una entrada de este blog a las opciones para la correcta redacción de la Oración de los fieles. Consultar aquí.


29 de enero de 2012, domingo IV "durante el año".
(Última actualización de la entrada: 13/06/17).




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